Individual
Flechtwerk
Charles Ewing
05 Nov 2026 — 10 Dic 2026
Unas palabras
Kant lo dejó dicho con una frialdad que todavía incomoda: no tenemos acceso a las cosas mismas, solo a cómo se nos aparecen. Veinte siglos antes, en la India, se le había dado a ese velo un nombre más hermoso: maya.
La fotografía nació en medio de esa sospecha y la agravó. Prometía por fin la cosa misma, la huella de la luz sobre una placa, y entregó otra apariencia más, solo que detenida.
Charles Ewing trabaja con esa detención. Sus imágenes están empujadas hasta el umbral donde el gris se desvanece y predominan el blanco y el negro: lo que la luz borra y lo que la luz salva.
En alemán Flechtwerk es el entramado, lo trenzado. La misma raíz nombra a la Flechte, el liquen, ese organismo que no es uno sino dos sosteniéndose mutuamente sobre la piedra.
Copas de árboles, pinares, multitudes, un pueblo blanco, un tapiz de chatarra, una nebulosa. En estas obras la trama no está ni en el orden ni en el caos sino en la oscilación entre ambos, que es el único estado en el que algo vivo puede crecer.
Un entramado está hecho tanto de hilo como de hueco. Sin los vacíos no hay trenza. Y es por los vacíos por donde se adivina que detrás hay algo que la imagen guarda.
Una escena clara nos absorbe por la narración; sabemos qué está pasando y la ilusión funciona sin fisuras. En estas imágenes no hay narración. Lo que absorbe es la belleza del entramado y la sospecha de que, por muchos huecos que tenga, nunca se alcanza el otro lado.
Heráclito escribió que la naturaleza ama ocultarse. Ewing fotografía ese amor: no el misterio como tema sino el modo exacto en que las cosas se muestran retirándose.
Y quizá la fotografía, que congela un instante para que podamos mirarlo, no hace otra cosa que confesar que el instante ya se había ido cuando lo miramos. Lo que queda es la trama, y en sus huecos, la invitación a seguir mirando.