Ínsula

Ínsula.

En el siglo XVII las escabrosas montañas de los Alpes causaban completo horror a la gente. Las mismas vistas que hoy atraen a millones de turistas eran experimentadas en aquel momento como horripilantes. Incluso los hombres valientes no se aventuraban en “lo agreste inhóspito e impenetrable de los bosques y las montañas” sin necesidad. En los relatos de los viajeros a Italia, que habían cruzado los Alpes, leemos qué tan horrorizados estaban ante la vista de los precipicios y vacíos.

Cien años después la situación empezó a cambiar como resultado del Iluminismo. 

Jean Jacques Rousseau, el filósofo francés, describe en su autobiografía que amaba caminar hasta su lugar favorito en los Alpes saboyanos, un camino en el límite de un barranco, en el que, asegurado por una baranda, podía mirar hacia abajo, al barranco, a fin de “de gagner des vertiges tout à mon aise”, a fin de obtener sensación de vértigo a sus anchas, y añade, “Amo este mareo, siempre que esté en condiciones de seguridad.”

Detengámonos un momento en esta imagen de Rousseau inclinándose en una baranda y mirando hacia abajo al barranco. ¿Qué nos dice esta imagen? ¿Qué cambio se ha dado aquí para que el mismo barranco que podía haberle impactado a un hombre del siglo XVII con horror se pueda ahora volver emocionante?

He dicho el mismo barranco. Sin duda, los Alpes de ahí afuera no cambiaron. Lo que cambió fue el marco ontológico dentro del cual la misma visión es vista y desde el cual recibe su naturaleza, su cualidad y estatus ontológico. En el primer caso, en el siglo más antiguo, el barranco era, sin duda, tan limitado como en el tiempo de Rousseau. Pero obviamente, no estaba confinado a ser meramente esa cosa particular. Más bien, se abría y te permitía ver el abismo del ser como tal, el vacío primordial, el enorme abismo antes de toda la creación, el Caos cosmológico. Un barranco individual era como una ventana a través de la cual lo agreste omniabarcante le estaba mirando a uno y hacia la vida de uno, amenazando con introducirse en el mundo insular humano del día, la esperanza y la seguridad. Se miraba a esta cosa particular, al barranco que estaba ahí, pero lo que se veía en él estaba completamente alrededor de uno, también detrás de su espalda e incluso en su propio corazón. Y de esta manera uno estaba en él, la seguridad de uno era sólo la seguridad que se tomaba prestada de un pequeño bote sobre el océano del ser. Habría sido imposible que durante esa era se hubiese puesto una baranda alrededor del barranco, porque a pesar de su tamaño cuantitativo limitado, era inmenso, infinito y sin fondo.”

Fragmento de Save the Bomb / Wolfgang Giegerich

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